El sueño de la razón crea monstruos, solo que el monstruo suele ser quien soñó
El sueño de la razón crea monstruos, solo que el monstruo suele ser quien soñó
Por: Sujeta Poética.
He planeado este ensayo por días, he utilizado tecnología para hacerlo: un lápiz y un cuaderno, principalmente; un computador, celular, audífonos y una corriente eléctrica como la que despierta al ser creado por Víctor Frankenstein en las adaptaciones cinematográficas; pues en la novela, escrita por Mary Shelley, las circunstancias de la creación no están muy claras. También, he planeado no escribir este texto, que hasta ahora consistía en unas veinte páginas de anotaciones y desvaríos constantes, que, sin embargo, nunca me llevaban al impulso de escribir.
Las causalidades son extrañas, hoy no iba a nacer este ensayo como tampoco el monstruo de Frankenstein debía nacer -o quizá sí-. Pero ambos nacieron. Este nacimiento, al menos, comienza por el principio; porque Frankenstein nació ya adulto y, tal vez por eso, sufrió tanto. Pero ambos son un nacimiento contra natura, porque escribir inicia como el primer paso de Victor Frankenstein para crear al ser: ir a un cementerio a desenterrar partes de cuerpos humanos; así mis anotaciones son un esqueleto que duerme en la oscuridad de mi cuaderno cerrado. Escribir, venía diciendo, es traer a la vida a un ser en contra de su voluntad -como cualquier nacimiento-, con la ilusión demente de haber creado algo nuevo, importante -típico complejo de padre-, para luego rechazarlo porque no es lo que esperaba, porque es imperfecto, porque no soportamos aceptarlo como algo nuestro.
La creación de un monstruo
¿Quién es el monstruo en Frankenstein? ¿La creatura que acomete contra todos los órdenes lógicos y biológicos de nuestro mundo o su creador, que no solo es capaz de revertir las leyes naturales al crear a un ser sin ninguna participación femenina sino que se vuelve, además, su perseguidor implacable? Es imposible leer Frankenstein desde una posición maniquea, las situaciones complejas nos hacen empatizar con los personajes principales que son, de cierta forma, antagonistas; pues así como Victor es un científico desquiciado y soberbio con ínfulas de dios que tiene como objetivo inicial destruir a su creación, la creatura es víctima de circunstancias dolorosas de rechazo y soledad que lo convierten en un ser de violencia implacable: “Debía ser vuestro Adán, pero soy más bien el ángel caído a quien negáis toda dicha. Donquiera que mire, veo la felicidad de la cual estoy irrevocablemente excluido. Yo era bueno y cariñoso; el sufrimiento me ha envilecido.”
Shelley, quien inauguraría la ciencia ficción como género literario en 1818 con Frankenstein, su primera novela, juega con la noción del bien y el mal al igual que con la de monstruo y humano. Lo humano -que pertenece a lo bueno- y lo monstruoso -que es considerado algo malo- se entremezclan y nos hacen cuestionar por qué rechazamos tanto a lo monstruoso, que, como explica Alberto Manguel en el prólogo del libro, proviene de moneo, que es aconsejar, advertir; o de monstro, que significa mostrar. Y que revela nuestra relación de acercamiento y rechazo hacia aquello que nos habita pero que ocultamos: “la normalidad precisa de anormalidad, los lazos comunes delimitan la noción de lo desconocido y la conducta correcta refleja como una imagen invertida lo que no es aceptable”, escribe Manguel, desenterrando nuestras intenciones de rectitud al tiempo que nuestro deseo morboso de maldad.
‘Frankenstein o el moderno Prometeo’ es el título completo de la novela, que nos sugiere desde el inicio no solo el camino de la obra, sino los valores de la época en la que fue escrita. Para 1816, fecha en la que Shelley, con dieciocho años, comenzó a escribir el libro, los rezagos de la Ilustración y su culto al conocimiento aún permeaban en la sociedad y, si bien el Romanticismo surgió como un movimiento artístico que prefería exaltar la imaginación, la subjetividad y los sentimientos -en vez de la lógica y la razón de la Ilustración-, entre los escritores románticos era común exaltar el mito prometeico como forma de idealizar a los humanos y realzar una supuesta condición titánica. No obstante, la interpretación que da Shelley a la figura de Prometeo no es la de héroe, sino la de un ser ambicioso y egoísta.
El robo que hace Prometeo del fuego para dárselo a los humanos es comparable con la creación de Victor, quien buscaba que una nueva especie lo bendijera “como su creador y fuente; muchas naturalezas felices y excelentes me deberían su existencia. Ningún padre podría reclamar la gratitud de sus hijos de un modo tan completo como yo merecería la suya”. Sin embargo, la creatura que nace en su laboratorio es tan monstruosa que Victor la rechaza aterrado, y aunque intenta abandonarla le es imposible desligarse de su hijo, formando una relación de atracción y rechazo, de espejo y reflejo en donde ya no sabemos quién es el monstruo y quién el humano, recordándonos lo antes citado de Manguel.
El ser creado por Víctor es concebido como monstruo por tres cuestiones en específico: primero, su aspecto casi humano lo pone en un punto liminal en el cual se parece a un humano solo hasta cierto punto, lo que provoca el rechazo tanto de su creador como de todos los humanos con los que se topa; esta característica física conlleva a la segunda cuestión, pues su físico extraño desemboca en error biológico, en transgresión de las leyes naturales y en un quiebre de las normativas estrechas en las que encerramos la corporalidad humana. En tercer lugar, la monstruosidad se evidencia en el campo de la moral, la conducta y la criminalidad, solo que esta vez no solo la creatura es un monstruo por los crímenes que comete como venganza contra Víctor; sino que comparte este espacio monstruoso con su creador, un padre que busca matar a su propio hijo. (Foucault, 2007)
El primer post humano nació en el primer libro de ciencia ficción
Cuando Víctor concibe a la creatura, lo describe como un ser repudiable:
Su cerúlea piel apenas disimulaba la disposición de los músculos y las arterias que cubría; su pelo era de un negro reluciente, largo y suelto; los dientes, de una blancura perlada. Tanta exuberancia, sin embargo, solo hacía realzar de un modo más horrible sus ojos vidriosos, que parecían tener el mismo color que las pardas cuencas blanquecinas donde se alojaban, su arrugada tez y los finos y negruzcos labios.
Víctor se esconde de la creatura y la deja a su suerte; expresando que, una vez realizado, el sueño desapareció para ser reemplazado por el espanto de su propia creación. Sin embargo, como el libro pareciese un juego de espejos que permite ver desde varios ángulos las figuras de monstruo y humano, Shelley le concede voz a la creatura, y es ahí cuando ponemos en duda la supuesta maldad inherente a su condición de monstruo. Tras ser abandonada por Víctor, la creatura se interna en el bosque de Ingolstadt, confundido por las sensaciones y estímulos que, a medida que pasan los días, aprende a reconocer:
Todo era confuso. Percibía la luz, el hambre, la sed y la oscuridad. Un sinfín de sonidos vibraban en mis oídos y diversos aromas vinieron a mi encuentro. El único objeto que pude vislumbrar fue la refulgente luna, y me quedé a contemplarla embelesado.
La travesía por el bosque que emprende la creatura no solo le permite comprender aspectos naturales de la vida de cualquier ser vivo, también lo confronta con el temor que su sola presencia provoca en los humanos que encuentra a su paso; y, sobre todo, le deja ver el desprecio del hombre hacia cualquier criatura que no reconoce como Otra. Tras mucho vagar por el bosque, ser expulsado de pueblos y cabañas y haber soportado la inclemencia del clima y el hambre, encuentra el cobertizo de una finca en donde se refugia por un tiempo.
La estancia en el cobertizo significa el primer quiebre en la oposición humano-monstruo. La creatura pasa el tiempo espiando entre las rendijas de la pared a la familia que vive en la finca. Los De Lacy se componen de un padre, un hijo y una hija; y, por lo que logra entender la criatura, la familia está pasando por malos tiempos. Lo increíble sucede cuando la creatura, que hasta ahora ha sido descrita por Víctor como un ser despreciable y criminal, crea una relación casi parasocial con los miembros de la familia, que lo lleva a aprender a hablar y leer, a entender conductas culturales humanas, y a comprender no solo las sensaciones físicas y biológicas sino las impresiones del espíritu; así, la creatura monstruosa es capaz de sentir y de expresar una emocionalidad atribuida únicamente a lo humano, demostrándolo con acciones como cortar leña cada noche para ahorrarle el arduo trabajo al hijo De Lacy.
Frankenstein puede interpretarse, entonces, como el primer libro de ciencia ficción: Shelley no escribió solo sobre el terror que nos produce un monstruo. Shelley imaginó una existencia más allá de la humana dotada, no obstante, de una sensibilidad aguda, una gran inteligencia y una capacidad para hacer el bien y el mal. La estancia física y espiritual de la creatura en una zona fronteriza no es en nada diferente al devenir liminal, escurridizo e incategorizable de la condición humana.
Según Sara Martín Alegre en su artículo Posthumanismo retrospectivo, Frankenstein según nuestro vocabulario, el escritor británico de ciencia ficción Brian Aldiss fue el primero en sugerir que “la naturaleza gótica de Frankenstein no era obstáculo para leer esta obra principalmente como ciencia ficción, sino todo lo contrario”. Martín Alegre apunta que relacionar la ciencia ficción con el Romanticismo es totalmente coherente pues “gracias a los avances científicos que llevaron a la Revolución Industrial, la generación de Mary fue «la primera en disfrutar de esa visión ampliada del tiempo, aún hoy en expansión, sin la cual la ciencia ficción carece de perspectiva y deja de ser ella misma»(1975: 3)”.
Además, el artículo propone al posthumanismo como un eje de reflexión de la novela, eje que, sin embargo, crea tensiones en el análisis. Según Martín Alegre, “es posible releer Frankenstein como una ficción pionera sobre la creación de un individuo posthumano”, entendiendo al posthumanismo como una corriente filosófica que pretende mejorar la naturaleza humana a través del uso de tecnologías, ampliando las capacidades físicas y mentales no solo mediante la intervención corporal, sino también mediante la modificación genética y la biotecnología, creando hombres-máquinas con capacidades especiales desde el momento de su nacimiento; es decir, nuestro devenir cyborg.
Pero así como Víctor Frankenstein y la creatura comparten un espacio de humanidad y monstruosidad, Víctor también puede considerarse como el primer transhumanista. Según Martín Alegre, el transhumanismo es un movimiento científico que “defiende el derecho moral de quienes desean usar la tecnología para extender sus capacidades mentales y físicas (incluyendo las reproductivas) y mejorar el control sobre sus propias vidas”. De esta forma, Víctor es un transhumanista adelantado a su tiempo que, cuando su creatura no era un hecho sino un sueño, pretendía “trascender la naturaleza del Homo Sapiens para crear una renovada especie posthumana”. Y aunque posteriormente rechaza su creación, sí logra crear a un ser con capacidades alteradas que sobrevive en condiciones imposibles para cualquier persona, que aprende sistemas de signos más rápido que cualquiera y que tiene una fuerza inhumana. La pobre creatura, no obstante, es rechazada solo porque incumple uno de los factores más importantes para alcanzar la perfección humana: belleza física.
¿Crítica al desarrollo científico o crítica a los científicos?
Frankenstein fue escrito hace más de doscientos años, aun así la figura del Prometeo moderno vive joven y rutilante, tal vez ahora con más intensidad que nunca. Pero, ¿por qué Frankenstein se ha consolidado como uno de los monstruos más pensados y representados de todos los tiempos? Isabel Burdiel, estudiosa de la obra de Shelley, explica en su artículo La ciencia de los monstruos que:
La extraordinaria capacidad de pervivencia del mito Frankenstein reside en la absorción del más intenso y creativo temor de la modernidad: la ya antigua ansiedad acerca de la posibilidad de que las fuerzas conjuradas para servir al proyecto del progreso y de la emancipación se tornen monstruosas, incontrolables e impredecibles, capaces de poner en cuestión el proyecto mismo.
De esta forma, la novela pone en miras la búsqueda del conocimiento, la necesidad de desarrollo que nace con la modernidad y la revolución científica que, actualmente, pareciera desbordada; incursionando en las cuestiones morales y sociales que implica un proyecto científico en pos del mejoramiento de la especie humana. Proyecto que, sin embargo, sale mal. Ahora bien, no se debe considerar Frankenstein como una crítica a la ciencia, pues lo que salió mal en el experimento no fue el nacimiento de la creatura, sino la incapacidad de Víctor de hacerse responsable de su creación y de considerarla “un Otro legítimo”. En este sentido, la novela, más que cuestionar a la ciencia como tal, critica el papel del científico en el desarrollo de la ciencia; y, como explica Burdiel: “de lo que se trata es de desvelar la traición del científico a los criterios de interés de la humanidad cuando esa humanidad se concreta de sus imperfectas e impredecibles singularidades individuales”.
En todo caso, si doscientos años después continuamos hablando intensamente de Frankenstein, es porque el mito vive en casi todo lo que hacemos y funciona como metáfora para explicar diversos asuntos inherentes a nuestra condición actual entre humanos y cyborgs. Frankenstein explica, por ejemplo, las relaciones padre e hijo, la ética en el desarrollo científico actual, los miedos colectivos contemporáneos e, incluso, la escritura de este ensayo que, como a cualquiera de mis escritos, considero un hijo a quien es mejor destruir.
Bibliografía
Burdiel, I. (2002) La ciencia de los monstruos: a propósito de Frankenstein. Revista Mèthode.
Foucault, M.(2007). “Clase del 22 de enero de 1975”, en: Los anormales. Traducción de Horacio Pons. Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica. pp. 61-82.
Shelley, M. (1818) Frankenstein. Penguin Random House.
Martín Alegre, S. (2021) Posthumanismo retrospectivo: Frankenstein según nuestro nuevo vocabulario. Revista Hélice.
Valeo, A. (2023) Los límites de lo humano en Frankenstein o el moderno Prometeo. Revista Académica liLETRAd, ejemplar número 6.